Columna
Venezuela: realidad y recuerdos
Ulises T. Faúndez · 2026-01-15
Desperté hace días con la noticia reciente: USA y Francia presionan físicamente a Venezuela en un esfuerzo importante contra el narco- terrorismo. No me sorprendió; era como lógico después de tanta tr...
Desperté hace días con la noticia reciente: USA y Francia presionan físicamente a Venezuela en un esfuerzo importante contra el narco- terrorismo. No me sorprendió; era como lógico después de tanta trapacería y daño proveniente de esas latitudes sudamericanas. Y entonces, la mente me llevó de nuevo a 1987, Francia, ciudad del sur, centro tecnológico pujante e industria aeroespacial de vanguardia. Fui a estudiar gracias a una beca obtenida por concurso, no por amistades discutibles, pocos latinoamericanos en la academia respectiva; en un curso paralelo, un venezolano de aspecto adusto, pero sonrisa fácil, ingeniero, docente, lo llamaré rubén por respeto, coincidimos en muchos aspectos y una interesante amistad se inició, sin sospechar lo que ahora sabemos. Diez años mayor que yo, ambos ya post graduados y afinando los temas de vanguardia. Me relató mucho de su país, no estaba involucrado en política y menos en contubernios internacionales: el espacio exterior era su anhelo, el mío también. Sin embargo, el asunto surgió al cabo de semanas de intercambiar ideas, su preocupación era el futuro de su país, que por entonces vivía en una democracia demasiado desprotegida de ambiciosos para con el país más próspero del continente; estaba dubitativo si volver a buscar a su familia y migrar a Europa o seguir la vida como si nada ocurriese. Terminamos los estudios de ese año y seguimos hablando por medios diversos, el tiempo pasó y surgió Chávez, luego Maduro, con ambos no simpatizó mi amigo, decía que eran personas livianas, oportunistas frente a los errores sucesivos de gobiernos ineficaces, faltos de mirada estratégica. Siguió pasando el tiempo; a finales de 2020, me escribió: “ya no hay medicinas de las que tomo para diabetes y presión alta, me voy al campo donde mi hermano, allá tal vez me trate con hierbas y me sane”, luego, una comunicación semestral y finalmente un comprensible silencio. En 2023, me escribió un hijo quien me dice:” profesor, mi padre lo tenía a usted en gran estima, ahora ha partido, ni las hierbas lo sanaron y el COVID hizo lo suyo, no tenemos esperanza, reciba un gran abrazo”. Quedé helado, por decir lo menos, pero ahí entendí muchas de sus palabras crípticas cuando intercambiábamos ideas sobre la realidad de su país, cada vez más atribulado; en mi mente se terminó de armar el puzle, su realidad personal retrataba lo que muchos vivieron y aún viven, él no quiso irse, decía que estaba demasiado viejo para huir y demasiado joven para morir, pero la suerte no le acompañó y el reloj eterno pasó a cobrar la fecha de vencimiento por adelantado. Desde entonces, lo que ocurre en ese hermoso país me afecta y me acongoja, me sobrepasa la simpleza con que los líderes continentales y mundiales abordan el caso y sólo veo una danza de billetes e intereses porque poco importa la vida y la biografía de los habitantes de esa nación.Acostumbrados paulatinamente a la pobreza, material y espiritual, millones migraron y entre ellos, salieron muchos expulsados de cárceles y prisiones a cambio de ir a molestar a otras latitudes. Lentamente afloró la verdad: más que un movimiento político, el asunto tenía un sórdido trasfondo: carteles de droga y comercio ilegítimo, complicidad de quienes menos se espera y pasividad de otros, entretenidos con ideas utópicas de futuro que no son fáciles de realizar. Así las cosas, no era posible esperar un desenlace distinto al que se avizora: presión internacional y efecto dominó cuando caigan los malos gobernantes, una espiral de incertidumbre y pasadas de cuentas que nos pueden hacer recordar los castigos a quienes colaboraron con el nazismo en países ocupados durante la segunda guerra mundial. Es el arrebato humano frente a la liberación, frente al hecho de sentir de nuevo la libertad plena de hablar, sentir, actuar y prosperar sin rendirle cuentas al narco, porque eso será cosa del pasado, pero heridas quedarán como cicatrices. Los luchadores por la libertad podrán poner a prueba sus iniciativas y las huertas debiesen volver a germinar. Creyentes y no tanto debiesen encontrarse de nuevo, arrepentirse los hechores de malas acciones y hablantes quienes guardaron silencio cuando no debieron hacerlo, pero así es la condición humana, falible, débil, angustiosa cuando se trata de sobrevivir. Por ahora, los medios de comunicación, no siempre muy objetivos, envían señales erráticas sobre orígenes y proyecciones de hechos escogidos con pinzas, porque la verdad asusta, en especial cuando se descubre ante el mundo, la bajeza humana, la perversión de las mentes y la ambición ilimitada de quienes sólo piensan que el fin justifica los medios. Pobre mi amigo, no vivió lo suficiente para volver a recuperar su cátedra y ver crecer a sus nietos, ni encontrar alivio a sus enfermedades. Mientras tanto, observamos maniobras de aviones, declaraciones rimbombantes de ignorantes que sólo buscan protagonismo, pero jamás han estado en una trinchera o han tenido que mirar de frente a la muerte. “el show debe continuar”, dirá algún cínico o bien, “bueno, tenía que ser así”. Lo único que se saca en claro es que hay sistemas debilitados que permiten pasar a otros peores, para beneficio de fanáticos ilusos que piensan que su utopía es posible, cuando la historia les demuestra una y otra vez que no es así, que el desarrollo se obtiene trabajando en libertad, con seguridad y garantías de ser y seguir siendo lo que cada cual es capaz de crear para beneficio de todos y de sí mismo.
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