Columna
Sin pena, sin gloria y sin moral alguna
Ulises T. Faúndez · 2026-06-01
Décadas atrás promovieron la revolución pingüina, nadie los vió venir, luego la avalancha universitaria de guerra cultural y finalmente, bien apoyados por la casta política y no pocas embajadas acreditadas, se lanzaron a la conquista del poder, no sólo del gobierno.
Décadas atrás promovieron la revolución pingüina, nadie los vió venir, luego la avalancha universitaria de guerra cultural y finalmente, bien apoyados por la casta política y no pocas embajadas acreditadas, se lanzaron a la conquista del poder, no sólo del gobierno.
Eran los de alta moral, tan falsa como la tierra plana o el agua seca, eran los adalides de los que habían nacido y crecido pensando que el mundo era de ellos, que todo debía ser gratis, fácil y nadie podía corregirlos.
Llegaron al congreso, desafiantes, dueños de la verdad, insultando y despreciando todo lo que fuese herencia, historia y tradiciones, desechando la moral burguesa y el patriarcado machista, envueltos en una nube ideológica de confusiones bien adornadas que, de tanto repetirlas a través de prensa obsecuente, los ingenuos se tragaron la píldora envenenada. Deseaban mear en un casco militar, destruir el estado patriarcal y liberar a las mujeres (no se sabe bien de qué) y su audacia en el parlamento los llevó a intentar cambios en el código penal para dejar al hombre como culpable, a priori, frente a cualquier delito de supuesta connotación antifeminista.
No se sabe de elíxir se alimentan, pero alentaron y lograron que el 18 de octubre de 2019, bajo la excusa de un alza del metro, las hordas de orcos y primitivos ad-hoc salieran a las calles a destruir todo lo que se pusiera por delante.
La historia se contó sola, desde veredas y semáforos (qué culpa tenían) hasta decenas de estaciones de metro, locales comerciales de todo tipo, especialmente farmacias (¿tal vez en busca de algún elíxir para sus penas?) lograron acumular millones de dólares en destrozos, pérdidas de emprendedores, así como golpes y amenazas a vecinos que se molestaban contra su barbarie.
Casi cinco mil carabineros heridos, desde extrema gravedad, hasta lesiones leves, algunos quemados, otros perdiendo ojos, orejas, manos, dedos, múltiples costillas quebradas, baleados, etc. Si se piensa que los policías estaban equipados con equipos de protección, ¿cómo pudieron lesionarlos de forma tan reiterada y sanguinaria? Simple: el milagro bioquímico. Me tocó observar impotente cómo muchachitos esmirriados de no mas de catorce años demolían las puertas de acero de las estaciones del subterráneo; quedé atónito, no era físicamente posible, salvo que alguien les entregara caramelos con substancias que, en los conflictos bélicos se conocen como “anfetaminas de guerra”, triste recuerdo de las dos guerras mundiales. Toda esa locura, ponderada como actos de heroísmo por periodistas woke, mostraron con vehemencia el uso de la acción psicológica para convencer al público que eran héroes, cuando apenas eran vándalos aleonados para destruir lo que fuera, en especial estatuas de próceres y todo lo que fuese la historia yla memoria verdadera, generando luego una mayoría política de circunstancia que presionó al mandatario de la época para entregar la constitución y convocar a un plebiscito que, obviamente, propuso una total reingeniería experimental de un pseudo país donde decenas de supuestas nacionalidades intentarían convivir para alcanzar el paraíso comunista en pocos años.
Los chilenos mostramos entonces al mundo que somos torpes, débiles, crédulos y manipulables. El virus oriental ya estaba entre nosotros y entonces el encierro mermó la locura. Policías desautorizados para actuar, parlamento embravecido contra el orden público y fiscalías ideologizadas que no dudaron en acusar a policías y militares por miles, copiando casi a la letra las querellas; las abogadas chong y jara (qué casualidad) fueron protagonistas. Algunos juicios aún están pendientes y los ya cerrados han logrado encarcelar a muchos defensores de la ley y el orden, sólo por hacer su trabajo. Y cuando se comprueba la inocencia de los policías, amenazan con atentados y venganzas.
Así llegaron al gobierno, con la ideología en un puño, como adalides prehistóricos de la horda mas fuerte. La culpa fue nuestra, no fuimos capaces de salir también en masa a las calles e imponer la verdad y el orden. Ellos lo sabían: somos gente educada, leales servidores del orden público y respetuosos de la ley, esa misma que estaban guillotinando en las plazas y calles.
Quedamos ahítos. Llegaron al gobierno, con la moral como bandera y la supuesta honestidad como bandera incuestionable y ¿qué hicieron?: el peor gobierno de la historia, aumentando impuestos, indultando criminales y premiando delincuentes antisistema, dilapidando el dinero fiscal hacia obscuras fundaciones y logrando que los funcionarios públicos superen hoy el millón.
Continuó la inmigración ilegal descontrolada; baja natalidad decían algunos, faltan trabajadores decían otros, pero la forma fue bastarda: permitir que los peores delincuentes llegaran sin problemas a enseñorearse de nuestra patria. Descuartizamientos, asesinato de asilados políticos extranjeros, canibalismo, pandillas cada vez mejor organizadas y armadas, zonas donde la ley y el orden no entran. Siete asesinatos violentos al día y no sabemos qué más puede pasar.
Incendios cada verano más violentos y mejor distribuidos que el anterior, sospechas, pero poco y nada se investiga, y se atreven a decir que “su idea civilizatoria es diferente”. Ciertas ideologías parecen un cáncer cerebral incurable. Es que para el comunismo sólo existe la paz cuando desaparece la oposición y así se demuestra allí donde llegan por alguna forma y luego no quieren irse. Cuatro años de deterioro y descrédito, de vergüenza, miedo a salir tarde, de “portonazos” y agresiones impunes, de delincuencia desatada y policías encarcelados, de dineros fiscales que nadie sabe para que eran, pero terminaron donde no debían. Y pensar que todo empezó cuando cierta señora de muchas campanillas internacionales ordenó el desminado fronterizo. ¿habremos aprendido algo? Un 38% de los ciudadanos no aprendió nada porque votaron contra el orden y los valores de la patria en diciembre pasado.
Y se siguen escuchando sus destemplados gritos enarbolando supuestos logros que jamás fueron porque su idea era transformar por vía de la destrucción total de todo lo que oliera a tradición, patria, familia,libertad, propiedad y emprendimiento. Por ahora, un futuro con esperanza, pero que aún no trae realidades, esperemos que la chilenidad se recupere y mientras tanto…unámonos, cada uno desde su modesto lugar de ser, pensar, sentir y actuar, es decir, desde nuestra cultura chilena, que vale millones de veces mas que la ideología de odio de la lucha de clases.
Aprendamos a contar nuestra verdad, la verdad que nos hace libres y atrevámonos a exigir que se castigue a quienes fueron responsables de tanta maldad, crueldad y desatino //
Comentarios
Debate ciudadano
Cargando comentarios...