Columna
Amor del bueno
Ulises T. Faúndez · 2026-02-20
Nuestro amado país, Chilito para los criollos, Chile para los solemnes, terruño amado para los poetas, Patria del lejano rincón para los literatos, cubierta por el blanco azul y rojo con su estrella solitaria, a veces confundida con el mundo entero por sus diversos paisajes, clim...
Nuestro amado país, Chilito para los criollos, Chile para los solemnes, terruño amado para los poetas, Patria del lejano rincón para los literatos, cubierta por el blanco azul y rojo con su estrella solitaria, a veces confundida con el mundo entero por sus diversos paisajes, climas y formas. Así es la tierra que nos acogió al nacer y TODOS SUS DONES NOS PARECEN TAN OBVIOS; pero cuando viajamos, cuando estamos lejos de ella, la extrañamos, sus aires, aromas y sabores.
Sobre esa diversidad magnífica de colores terrenales surgimos los chilenos, hijos de un mestizaje temprano, en los albores del tiempo, cuando migrantes indígenas y castellanos decidieron asentarse en sus confines y crearon la estirpe de “aperrados” que nos caracteriza.
Ambiente telúrico, tempestuoso, tierra de catástrofes naturales que nos recuerda de tiempo en tiempo que sólo estamos de paso por estos pagos. Aquí se compusieron versos, canciones y leyes; aquí nacieron formas de convivir, costumbres cotidianas, formas de amar y nacieron nuevas gentes: los chilenos, nuestros antepasados quienes, con el tiempo, recibieron a otros tantos que venían desde más allá del mar para contribuir con su talento, su espíritu y su voluntad.
Pasó el tiempo y quienes antaño obedecían al rey, prefirieron la república y acogieron la democracia como forma de preguntarle a las personas, sobre cómo gobernarse, decidir y progresar.
Nacieron instituciones, se formaron corrientes de opinión y pensamiento, se definieron símbolos patrios y rituales de homenaje a héroes y notables. Nacieron las Fuerzas Armadas, las Universidades, los poderes públicos, las organizaciones sociales, también las industrias, el comercio y la explotación minera y agrícola, el mar nos dio y nos sigue dando sustento a través de miles de kilómetros de costa.
Paisaje accidentado, difícil, duras rocas que aprendimos a vencer para hacer caminos, ferrocarriles, puentes y ciudades. Aprendimos a discutir con fiereza y a veces llegamos a las manos en acalorados debates, pero seguíamos siendo, estando Y CONVIVIENDO.
De pronto hubo momentos que, cual nudos ciegos debían ser desatados a la fuerza para impedir que se ahogara la República, momentos graves y otros alegres, festivos y algunas veces angustiosos cuando fuerzas extranjeras amenazaron invadir nuestro suelo bendito.
Los peligros actuales son tal vez de otro aspecto que los anteriores de la Historia, ahora son más difusos, cubiertos con disfraces y etiquetas de supuesto progresismo, de modas, de vanguardias culturales o entrelazados con música que pudiera no serlo;los mensajes de chat y la comunicación portátil han modificado las capacidades de divulgar y difundir ideas, no siempre comprobables; es parte del “progreso” que nos ofrece la modernidad como un fenómeno imparable; tal vez algo hay allí, pero las personas pueden y deben proponerse momentos de reflexión, sobre todo junto a niños y jóvenes, para entender, con ellos, que la vida cívica la realizamos entre todos, que la democracia es una bella planta que debe ser cuidada, regada y abonada cada día, que las libertades, derechos y obligaciones no son gratuitas, que deben ser mantenidas y defendidas a veces con energía porque en su tiempo costaron vidas y sangre de nuestros antecesores.
Cuando entendemos que el Ser, el Bien y la Verdad son principios y valores irreductibles para entender nuestras formas de ser, pensar, sentir y actuar, -constituyentes de la cultura nacional-, habremos dado un pequeño paso hacia la verdadera civilización, aquella que nos definirá como mejores personas, padres, abuelos, hijos y nietos que, en esta tierra magnífica, prevalecerán porque hay y seguirán surgiendo, razones para vivir y construir lo que los antepasados soñaron: un país estable, organizado y fuerte, protegido por la voluntad de sus habitantes y la vigencia de sus leyes.
Si aquello no ocurriese, crujirán algunos muros, pero seguiremos adelante, Chile está primero. Siempre.
En nuestras manos está difundir y hacer justicia a la obra de tantos que lo construyeron, dándolo todo a cambio de muy poco.
Prof. Ulises T. Faúndez Cientista Político Profesor de Seguridad Nacional Tesorero Nomo Civica
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